
Un reportaje del diario español El País reunió a varias víctimas de pederastia del colegio Juan XXIII de Cochabamba. En la publicación, las víctimas señalan que hubo estudiantes que resistieron los abusos sexuales, pero fueron expulsados. Transcribimos partes del reportaje escrito por el periodista Julio Núñez.
Uno de los relatos de un estudiante: en lugar de cerrar los ojos como hacían sus compañeros del internado, él se levantaba de la cama en silencio, se vestía con varias capas de ropa y se marchaba a dormir, escondido, entre los arbustos del patio aledaños a la piscina del colegio Juan XXIII ubicado en Cochabamba. Prefería el frío a que el jesuita español Alfonso ´Pica´ Pedrajas volviera a llevarle a su cuarto por la noche para abusar de él.
“Estuve así dos o tres meses. Ni siquiera podía dormir bien. Mis calificaciones bajaron, no atendía en clase… Mi mente estaba en otro lado. Yo estaba evitándole”, explica Aldo. Con un nombre ficticio, esta víctima narra 40 años después su paso por el colegio Juan XXIII de Cochabamba en una terraza de esta ciudad boliviana. Aldo forma parte de la docena de víctimas y testigos que han denunciado el abuso sexual sistemático a niños por al menos cinco jesuitas (cuatro españoles) en esta escuela, epicentro del escándalo de pederastia que atraviesa la Compañía de Jesús. Todos ellos, exalumnos de décadas que van de los años setenta a los noventa, repiten una misma frase: fueron más de un centenar de víctimas y los alumnos, jesuitas y profesores sabían lo que pasaba allí.
En la gran sala donde estaba esa cama de la que se levantaba cada noche Aldo ya no hay rastro de literas ni de estudiantes. Entre los arbustos donde intentaba dormir crece la maleza, ahora de un color pardo seco, la piscina parece un gran cascarón vacío cubierto de palmeras marchitas y la única señal de vida de aquel tiempo son algunas herramientas oxidadas, olvidadas en las esquinas como si fueran la osamenta de un animal en descomposición. Hace años que el Juan XXIII dejó de ser un internado mixto. Ahora es una de las sedes de Fe y Alegría, la institución que gestiona los centros de los jesuitas en Bolivia. Una pequeña parte del recinto está arreglada para el uso de oficinas y para que alumnos de otros colegios desarrollen actividades extraescolares o pasen unos días de campamento. Apenas quedan huellas de aquel internado de los horrores, aunque entre sus muros uno aún percibe el rastro que dejaron los fantasmas del miedo, la impunidad y el silencio.
Agencias
