
Hace un año, durante la primera ola de coronavirus, los contagios en jóvenes hubiesen pasado por raros. Hoy lo son cada vez menos. Son jóvenes, no tienen enfermedades de base y sin embargo, la Covid-19 les noqueó con un golpe tan certero que los dejó en terapia intensiva.
Ninguno pensó que tal posibilidad estaba en su destino cercano. Desde el inicio de la pandemia, los datos explicaron que la enfermedad era letal para la tercera edad. La juventud era un terreno donde el virus no hacía estragos. Hoy, todo parece haber cambiado. Ya no hay resquicio donde la sombra de la muerte no aceche. Hoy, ya nadie debería sentirse inmune.
“Me despedí de mi madre”
La idea de la muerte no era nueva. Apareció al inicio cuando le faltó el oxígeno. Se volvió a repetir cuando pese a estar internado, el cuadro clínico empeoró. Rondó insistente cada día de hospital y se llevó a otro paciente de la misma pieza. Pero, se hizo realmente palpable cuando él tomó el brazo de su madre para despedirse. Fue justo antes de entrar a la UTI.
Un mes previo, todo eso era inimaginable. Carlos, joven de 29 años, sin enfermedad de base, se contagió de coronavirus y estuvo cinco días en terapia intensiva. En la víspera del primer síntoma asistió a un cumpleaños sin sospechar lo que vendría luego.
“Llegó un momento, en el que, intubado, quise de una vez morirme para acabar con la agonía. Pese a estar sedado, mi mente funcionaba e intenté dejar de respirar. No pude”, relata el joven, recordando el surreal episodio.
Aquello le cambió la vida. Desde entonces se sabe frágil y carga el miedo al recontagio. “Yo nunca pensé que me vaya a dar así. Sabía que me iba a contagiar como todos pero pensé que sería leve. Jamás se me pasó por la cabeza llegar a terapia. Ahora les digo a mis amigos que esto es serio. Es horrible”.
Cuando falleció un paciente que ocupaba una de las seis camas de terapia intensiva disponibles, los médicos llamaron a la madre de Carlos para darle la chance de que él ocupe el espacio. “Le dijeron a mi madre que me daban el lugar por ser el más joven. Yo no quería que me metan a terapia pero ella lloraba a mi lado suplicando. Al final, fui el único que salió con vida de esa sala de UTI. Las cinco personas a mi lado murieron”, cuenta.
Han pasado dos meses desde este suceso y Carlos aún preserva las secuelas. Ya puede respirar sin oxígeno pero conserva un atroz dolor de espalda. El joven que toma lo sucedido como una segunda oportunidad de vivir, confiesa que lo que más ansía es poder vacunarse para empezar a sentirse un poquito menos indefenso.

“Soy un sobreviviente”
Los reportes médicos dan cuenta de dos ocasiones críticas en que los signos vitales parecían apagarse. Coinciden con las dos veces en las que Luis sintió que se moría durante la terapia intensiva. Dos veces que, asegura, se parecen al camino de regreso de la muerte.
“Mientras estuve sedado, tuve pesadillas. Me veía a mí mismo acostado inmovilizado. Era como estar en una vida paralela. Es el episodio más difícil que he atravesado. Estuve al borde de la muerte. Soy un sobreviviente de la Covid”, señala.
Luis tenía 36 años cuando por primera vez conoció lo que es delirar de fiebre. Llevaba ocho días internado luego del diagnóstico positivo de coronavirus. Su estado empeoraba cada hora, así que fue trasladado a otra clínica, directamente a terapia intensiva. Estuvo 12 días conectado a un respirador y perdió 14 kilos.
“Fue muy difícil. Me quedaron heridas físicas. Tengo dos aún en el rostro. Tengo marcas en las piernas y en el brazo. Cuando me desperté, no podía caminar. Fue un shock. Cuando las enfermeras iban a cambiarme me preguntaban si había tenido un accidente de motocicleta porque tenía el cuerpo todo lastimado”, refiere.
Desde entonces, Luis ya no es el mismo. Su voz parece quebrarse cuando admite que aprendió a valorar lo que antes daba por sentado. “Hoy agradezco tener a mis papás. Me siento afortunado de ver a mis hijitos y de tener un pan en la mesa. He aprendido a valorar las pequeñas cosas”, confiesa el hombre que jura que vio a los ojos de la muerte.
“Me concentré en no morir”
Dos días antes de su internación por coronavirus, William, de 42 años, recorrió 55 kilómetros en su bicicleta. Durante todo ese tramo, nunca se le pasó por la cabeza que una semana después intentaría no moverse para ahorrar fuerzas.
“Concentré mi energía sólo en respirar. Me concentraba en no morir. Le decía a mi cuerpo que aguante cinco minutos. Luego otros cinco más. Otra vez cinco… y así me pasé las horas y los días. Pensaba en mi hijo de ocho años. Me decía que no podía morir porque él me necesitaba”, relata.
William no ingresó a terapia intensiva, pese a que los médicos lo sugirieron. Él se rehusó porque aquello implicaba trasladarse a otro municipio y gastar aún más dinero. En El Torno no hay terapia intensiva, pero siempre estuvo su entorno familiar y amistoso.

Foto:Archivo/ Página Siete
“Mis amigos venían a hacerme compañía. Se sentaban en la puerta. No hablábamos. Yo no podía. Sólo verlos ahí me daba fuerzas para seguir luchando”, recuerda.
Durante su internación, bajó 15 kilos en 17 días: un kilo menos cada 27 horas. Salió del centro médico sin poder sostenerse en pie, frágil pero orgulloso y sonriente de haberlo logrado.
“Nunca pensé estar tan grave”
Fue como un aluvión de sucesos. No había síntomas. Marco se hizo la prueba PCR no porque sospechaba contagio sino porque era uno de los requisitos para su viaje a Alemania. El resultado positivo invalidó su boleto y le obligó a cambiar radicalmente los planes.
A los cuatro días comenzó a reportar fiebre y tos. Al sexto empezó a necesitar oxígeno. Un día después yacía en terapia intensiva en una clínica en la que estuvo 16 días conectado a un respirador.
“Nunca pensé enfermar así de grave; yo era una de las personas que más se cuidaban en temas de bioseguridad y trataba de cuidar a mi familia. Evitaba salir de mi casa, sólo iba al trabajo. No se cómo me contagié, pero también contagié a mi esposa que igualmente tuvo que ser hospitalizada. Más bien ella no llegó a terapia intensiva, pues la cepa que nos dio era una muy agresiva”, cuenta.

Foto:APG
Su diagnóstico durante la UTI fue reservado. Hubo días con mejoras leves; otros, sin cambios. Su familia vivió una pesadilla. Él recuerda muy poco de aquel episodio.
“Recuerdo haber escuchado audios de mis hijas, recuerdo sus voces pero no el contenido… eso me motivó bastante en ese momento. Traté siempre de tener una actitud positiva desde el primer día”, señala.
Marco, quien fue bombero voluntario en otras épocas, trató de ver lo que sucedía como una analogía de lo que conocía.
“Puse en mi mente que estaba participando en un concurso de bomberos voluntarios y que quería ganar. Fueron momentos bastante difíciles, pero yo me concentraba en que quería ganar. Al final cuando me desentubaron… gracias a Dios supe que lo había logrado”, cuenta. Su recompensa fue volver a abrazar muy fuerte a sus hijas.
El rango de 20 a 50 años, el más afectado
La tercera ola del virus es agresiva con los jóvenes
Los reportes del Ministerio de Salud dan cuenta que las personas de entre 20 y 50 años son las que engrosan en mayor medida las cifras de contagios en el país. Según el reporte epidemiológico de la semana 22/2021, los contagios en esa franja etaria representan más del 60% del total de positivos.

Foto:Archivo/ Página Siete
No hay grandes diferencias entre la primera, segunda o tercera ola en relación con el porcentaje de casos. En cambio, los contrastes saltan cuando se trata de luto.
“La cantidad de pacientes menores de 40 años se ha ido incrementando paulatinamente. Ahora —según aproximaciones— sólo el 30% de los internados en terapia intensiva son adultos mayores de 60 años, el resto (70%) son jóvenes adultos y por eso son los que ahora están falleciendo”, señaló a Página Siete el vicepresidente de la Sociedad Boliviana de Medicina Crítica y Terapia Intensiva filial La Paz, Patricio Gutiérrez.
Por su parte, Roger Carvajal, neumólogo y presidente del Comité Operativo de Emergencias (COE) de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), señaló que el incremento de afectados y decesos en jóvenes se debe a tres razones: la presencia de las nuevas variantes de Covid en el país, la sobreexposición al coronavirus y la alta transmisibilidad del virus.
No hay aún estadísticas disponibles de la cantidad de decesos por coronavirus en menores de 50 años. No obstante, las historias de jóvenes “despedidos antes de tiempo”, hacen sospechar que la juventud no es el antídoto contra el virus.
“Ahora tenemos pacientes jóvenes que no tienen ninguna enfermedad o algunos sólo presentan sobrepeso u obesidad como factor de riesgo, pero no son hipertensos ni diabéticos como en las dos primeras olas”, declaró Gutiérrez.
En el inicio de la pandemia, para la juventud, intentar evitar contagiarse de coronavirus era un acto de solidaridad para proteger a parientes mayores. Hoy, cuidarse para no contagiar, se ha tornado en una contundente medida de supervivencia.
Página Siete
